lunes, 11 de mayo de 2009

Una barra de pan

    Este relato está publicado en mi libro Cosas que nunca confesé a nadie.

Cuando fui a comprar el pan esta mañana, Juan, el chino que tiene un negocio de frutos secos en los bajos de mi casa, no se encontraba en la tienda. Su mujer, que daba de mamar a su hijita, me dijo que esperara un minuto, que no tardaría en volver. No mencionó adonde había ido Juan, y como se demoraba le dije que volvería más tarde; aunque, en verdad, pensé que lo compraría en el supermercado.
Iba a marcharme, pues, cuando el chino salió de la trastienda ajustándose el cinturón. Se señaló el vientre y dijo:
—No está tripa mucho bien.
A continuación me preguntó si podía hacerme cargo de la tienda mientras iba al médico. Lo dijo con la naturalidad del que pide que le pases la sal. Desconcertado, acerté a sugerirle:
—¿Por qué no te sustituye tu esposa?
—Ella tiene cuidar niña —me respondió.
De manera que, sin mucha convicción, le contesté que de acuerdo —todavía no sé por qué—, pero que se diera prisa, porque tenía mucho que hacer.
Cuando la mujer, china también, terminó de darle el pecho a su hija, un bebé de unos seis meses, de mofletes rojos como dos amapolas rojas, la dejó en un cochecito y desapareció. Así que me quedé solo a cargo del negocio. Lo cual me inquietó sobremanera, pues desconocía el precio de los artículos, si exceptuamos el pan, claro, que compro cada día; además, debía ocuparme de la criatura, cuyas costumbres desconocía.
Pese a mis temores, resolví la situación con bastante pericia. Vendí ocho barras de pan, tres refrescos, doscientos gramos de cacahuetes, cinco chicles, una bolsa de patatas fritas… Y la niña, aunque lloró hasta que le puse el chupete en la boca, estuvo durmiendo muy tranquila.

Pasaron como dos horas hasta que apareció el chino. Me pidió una barra de pan, pagó sesenta céntimos y se marchó. Tan rápido que ni siquiera pude preguntarle qué le había dicho el doctor. Poco después regresó la china con un tupperware de tallarines. Me los comí con ganas, acompañados de una Coca Cola light que tomé de la nevera. Luego todo transcurrió como si me hubiera dedicado al comercio toda mi vida. Al terminar el día, la china y yo hicimos caja, cerramos la tienda y nos fuimos a su casa. Desde los brazos de su madre la niña me miraba con extrañeza mientras cenábamos en la cocina.
©Manuel Navarro Seva

14 comentarios:

Turkesa dijo...

Hola, Boris:

He aquí un ¿sencillo? cuento que respira naturalidad, pese a que trata sobre la irrupción de lo extraordinario en sucesos ordinarios, insertándose en el transcurrir de la contidianeidad. Todo ello, sin perder simplicidad de expresión. Ese es a mi ver, un prodigio nada usual. Y es mérito de la mano que conduce la pluma, claro!

Me limito entonces a comentarte que me sigue sorprendiendo esa capacidad tuya de hacer aparecer lo sobrenatural como una consecuencia natural de lo natural, perdona por favor la redundancia, pero no encuentro otra forma de expresarme.

Es como si uno está relatando tranquilamente que se ha largado a llover y luego caen huevos de oro, y los porteros salen a barrerlas de la vereda, como si fueran la hojarasca mojada del otoño. ¿Ves? Qué locura, insertar lo delirante en la trama de tal modo que parezca una cosa de lo más trivial. ¡Y qué logro!

¡Felicidades!

Un abrazo.

Boris Rudeiko dijo...

Hola, Turkesa,
Tu opinión es muy valiosa para mí. Así que me alegra verte por mi blog con esos comentarios tuyos tan llenos de contenido. También me alegra ver que tu participación en el foro es cada día más frecuente.
Gracias y un abrazo,
Boris.

Turkesa dijo...

Muchas gracias, Boris, por tus palabras.

Y sí, a veces aparecen por el foro textos como este, que hacen que uno, por más que reniegue, nunca se vaya del todo.

Te agradezco mucho la sinceridad conque me has honrado.

Un abrazo.

Boris Rudeiko dijo...

Muchas gracias a ti, Turkesa.

Margarita dijo...

Vaya, Boris, resulta muy inquietante y sin ninguna alharaca, porque discurre en un ambiente cotidiano y una situación que no es que sea habitual pero se podría dar. Me encantó eso, y el tono lacónico del narrador, a pesar de que está contando esa pedazo experiencia ¿paranormal? El colmado está tan bien reflejado que lo hace muy creíble, a pesar de ser una historia extraña dentro de lo más cotidiano. El protagonista no se inmuta por nada, ni cuando le piden que se quede al cargo de la tienda, ni nada.

Menudo cambiazo le dio el chino…Imaginé si todos los días le hace la misma faena, entrar al comercio a hacer sus compras dejándolo allí. Y me pregunto, ¿qué hará el prota? ¿Se quedará allí vendiendo sus barras de pan sin tratar de recuperar su vida? Ah, bueno, es lo que tienen tus cuentos que siendo situaciones cotidianas siempre hay un algo que te lleva a plantearte muchas preguntas.

Como siempre es un gusto pasearse por tus letras.

Un beso,

Margarita

Boris Rudeiko dijo...

¡Hola, Margarita!
Qué gusto me da verte por mi blog.
Me alegra que te guste mi cuento.
Intento, a partir de situaciones reconocibles, dar un poco de marcha a la imaginación para ver el mundo de otra manera a como normalmente lo vemos. No siempre funciona, pero a veces, al parecer, sí.
Un beso,
Boris.

Esther dijo...

Emoticones.

Me falta el emoticón del señor que se saca el sombrero.

Me hace falta.

Me gustaría repetirlo unas cien veces, más o menos.

Sigo creyendo, amigo, que este cuento es no solo de lo mejor que te he leído; también de lo mejor que he leído en los foros.

Abrazos!
Esther

Boris Rudeiko dijo...

Esther, de nuevo muchas gracias por el elogio. Ya sabes cómo aprecio tus críticas y correcciones.
Besos,

Juan Pablo Cozzi dijo...

Boris, leí este cuento en prosofagos y quise comentartelo aquí. Me parece excelente. El cambio se desliza casi imperceptiblemente hasta dar con la extrañeza en la cara del bebé. Hay cierta oblicuidad en el relato, la necesaria para dar vuelta las cosas, como en una cinta de moebius.
En cuanto me actualice con otros textos, seguiré comentandote.
Un gustazo,

Boris Rudeiko dijo...

Juan Pablo,
Agradezco mucho tu visita a mi blog y tu amable comentario.
Un abrazo,
Boris.

Rafael Homar Ferragut dijo...

Este relato es estupendo, Boris. ¿Que te parecería presentarlo en el nuevo proyecto? Cuando sea el momento oportuno, claro.

Boris Rudeiko dijo...

Gracias, Rafa.
Me parecería bien. Cuando tú digas.
Un abrazo,
Boris.

Mayte Esteban dijo...

Un relato muy interesante, una situación nada normal contada con una naturalidad pasmosa.

Felicidades ;)

Manuel Navarro Seva dijo...

Gracias, Mayte Esteban. Cómo me alegra que lo hayas leído y te haya gustado. Es un honor para mí que una gran escritora como tú haya pasado por mi blog. Que vaya muy bien esta tarde.

Besos.