Pese al viento que soplaba esa tarde, el calor era insoportable. “¿Por qué no vamos a darnos un baño?”, dijo mi mujer. “¿Por qué no?, es una buen idea”, respondí. Metimos toallas, bañadores, llaves, el bono, el periódico, y un libro en una bolsa de deportes, y salimos a la calle, casi desierta.
Junto a la pileta olímpica no se notaba el viento, pero los altos chopos que rodean el recinto se inclinaban y simulaban el rumor de las olas del mar. Cerré los ojos un momento y me imaginé tumbado en una playa desierta, lejos del calor urbano de Madrid y de la contaminación del tráfico. Volví a la realidad y dejé la bolsa sobre uno de los bancos metálicos. De inmediato, fuimos a ducharnos. Solo los pies, el resto del cuerpo no, pues el agua de las duchas de las piscinas municipales de Madrid está tan fría que parece como si pasara por una cámara de hielo antes de salir por el difusor. Luego nos lanzamos a la piscina, en sentido literal, no en el figurado, tanto mi mujer como yo somos expertos nadadores y solemos hacer varios anchos (el largo de la olímpica nos deprime).
Estábamos nadando, pues, cuando advertí que una persona venía hacia nosotros, a lo largo. Ya sabe el lector que no es fácil reconocer a alguien que lleva gafas de natación, gorro de baño y está nadando; sin embargo, identifiqué a mi psicoanalista. Pensé que no era probable que me hubiera reconocido, pero ¿y si lo había hecho...? No me apetecía darle explicaciones a mi mujer (nunca le hablé de mis visitas al loquero). Creo que dar este tipo de explicaciones lleva a situaciones tensas, preguntas enojosas, conclusiones equivocadas; y me pareció, además, que no era el momento oportuno. Seguí a lo mío, procurando no sacar la cabeza del agua más de lo necesario, sobre todo, cuando se nos acercaba mi analista, nadando a lo largo.
“¿Salimos ya?”, preguntó mi mujer, a mi lado, casi sin aliento. “Vale, como quieras”, dije yo, pero enseguida le propuse continuar un poco más, con la esperanza de que mi psicoanalista terminara de nadar antes que nosotros y se marchara sin hablarme, señal de que no me habría reconocido. Al cabo, cansados como estábamos, nos dirigimos a la escalerilla. Miré de soslayo y advertí que mi analista seguía golpeando el agua con brazos y piernas con el mismo ímpetu (es tan joven) que al principio. Discretamente salí del agua, eché una toalla sobre mis hombros y me coloqué de espaldas a la piscina. “¿Qué, nos vamos ya?”, dije, impaciente. “¿Qué prisa tenemos?”, contestó mi esposa, “tomemos un poco el sol”. Extendió su toalla sobre el césped y yo la imité, circunspecto. Nos tumbamos, ella decúbito supino, yo decúbito prono, cada uno en su toalla.
Poco después, mientras leía Crimen y castigo, con los codos apoyados y las manos soportando mi cabeza, noté que una sombra cubría parte de mi cuerpo y una voz conocida dijo: “Hola, Boris, ¿qué tal…? ¿Vienes a menudo a nadar? Te vi en la olímpica hace un rato”. Y sin darme ocasión de contestarle, continuó: “El agua está fantástica, y con este calor… bueno, me alegro de saludarte, te veo el martes por la tarde, ¿no?”. “Sí, sí, sin falta, allí estaré”, dije yo.
“¿Quién es esa?”, preguntó mi mujer. “No…, nadie, una compañera del trabajo”. “¿Por qué no me la presentaste?”. “Pues no sé, no caí en ese instante”, dije. “¿Y por qué has de verla el martes por la tarde?”. “No… por nada, es que hay una reunión de Dirección”. Nos levantamos y mientras doblábamos las toallas, insistió: “Es muy joven… y demasiado guapa”. “No sé, no me había fijado”, dije, levantando los hombros.
Manuel Navarro Seva
Madrid, julio de 2009
LAS SEÑALES, B. Miosi
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derrumbarlas, y Fito permanecía en cuclillas en una esquina, en el rincón
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5 comentarios:
Como siempre, Boris: una delicia leer tus relatos. Leerlos más de una vez.
Abrazos,
Esther
Un placer, Esther, verte por aquí y leer tu comentario.
Viste que recogí casi todas tus sugerencias. Gracias por tu ayuda.
Besos,
Boris.
Ay, Boris, ... ¡No tienes remedio! ¡Este texto es una genialidad! Creo que si me propusiera practicar alguna hechura con la costura invisible que solamente a vos se te puede dar con tanta pericia, ¡pues acabo haciendo un desastre!
Me mata este estilo tuyo, es inimitable. Lo que por tanto, hace que dónde sea que me tope con tan particular y admirable prosa, me diga, por ejemplo, en una librería de Buenos Aires: "¡Boris ha publicado!"
Yendo al tema en sí, yo no sé... No sé la verdad, si el taaan inocente nadador, lo es tanto. ¿Y si no es su psicóloga?
Digo ¿Y si es psicóloga, pero con el nadador sostiene otra clase de relación?
Este nadador me confunde; de pronto se hace demasiado problema. Después de todo, aparenta otorgar datos al lector, pero en verdad, los retacea: que está su psicólogo en la piscina, que lo quiere evitar, y que -es evidente- se ha puesto de la nuca (algo exasperado o nervioso), porque está con su esposa. Quiere irse. O desaparecer. Corrígeme si me equivoco, pero, ¿no es la típica paranoia que cunde al infiel? (Ay, ¡qué fundamentalista sonó eso!) Es que quiere marcharse, y cuanto antes, mejor. humm...
Con tales, datos, bien puede ser su amante y no la psicóloga. O ambas cosas. O empezó como una y luego la cosa se les desmadró... Ergo, el autor está jugando con la suspicacia y/o picardía y/o inocencia de un lector literal.
Sospecho de tus intenciones para con tus lectores, Boris. Aunque por otra parte:
¡Clap!¡Clap!¡Clap! ¡Clap!
Tu estilo es Inconfundible. Y eso define al Escritor. No encontré una sola fisura en el texto.
Te felicito.
Un besote.
Tukesa,
Gracias por esas palabras tan cariñosas sobre mi relato; y en cuanto a la interpretación, es muy inteligente, mucho más de lo que el autor pretendió.
Un beso,
Boris.
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