sábado, 9 de octubre de 2021

PARÁLISIS CEREBRAL

Mi hijo nació con una hemiplejia debido a un traumatismo del parto. De esto hace 47 años. El bebé tenía un hematoma subdural. Y después de extraerlo ocurrió lo que me habían advertido. A partir de ese momento, no paramos de acudir a médicos y a rehabilitación, y hoy, con sus limitaciones, podemos dar gracias. Somos unos padres privilegiados: Manu recibe los cuidados que necesita en una residencia. Pero ¿cuántos paralíticos cerebrales hay en lista de espera a cargo de sus padres o hermanos? Todo lo que pueda hacerse por ellos será poco. Por favor, háganlo.

Manuel Navarro Seva. Madrid 

Publicada por EL PAÍS el 9 de octubre de 2021

lunes, 28 de junio de 2021

Reseña de 'Una taza de té'

 Cristina Suárez

TOP 500 COMENTARISTASVOCES VINE

5,0 de 5 estrellas No hay dos sin tres
Revisado en España el 27 de junio de 2021
Luis y Lucía son los protagonistas de esta historia que nos trae Manuel Navarro Seva. Ellos se encuentran casualmente esperando al autobús y a partir de ese momento inician una relación que termina en boda. Hasta ahí algo que puede suceder. Pero ellos son dos personas maduras, de unos sesenta años. Ella, una mujer que está acostumbrada a conseguir lo que quiere, aunque de forma muy sutil. Él, un escritor de novelas policíacas. Y han unido sus vidas sin conocerse demasiado.
Transcurrido un tiempo su relación se va deteriorando por momentos y además él sospecha que ella le ha mentido sobre lo que le sucedió a sus dos maridos anteriores. Así que empieza a investigar, como si fuera uno de los personajes de sus novelas, para descubrir la verdad. Esos capítulos muestran muy bien los sentimientos que van creándose en Luis sobre Lucía.
Es una obra típica del autor que se centra en las relaciones de pareja. Su estilo es inconfundible: directo, con frases cortas, sin florituras. Te cuenta lo que sucede y, en este caso, hay algo original. Cada capítulo está narrado en primera persona por el protagonista que encabeza el nombre, como si fuera una especie de diario. Además nos conduce por varias ciudades, no sólo Madrid, donde viven Lucía y Luis, sino por Lisboa, Toledo, Stuttgart… Son varios escenarios los que aparecen en la novela. Y en cuanto al tiempo, la narración se sitúa entre junio de 2019 y julio de 2020, así que les toca el confinamiento, el principio de la pandemia, los problemas en las UCIS de los hospitales… Es muy actual, refleja muy bien la situación que se vivió hace poco más de un año.
Me ha gustado y el final está muy bien. Aunque creo que el autor nos encaminaba hacia él, sorprende por su forma de contarlo. Tiene su punto de intriga y transmite muy bien esa sensación. Además entretiene y se disfruta leyéndola.

sábado, 12 de junio de 2021

UNA TAZA DE TÉ en tres formatos diferentes

 NOVEDAD

Esta nueva obra, recién publicada en Amazon, es diferente a las anteriores del género policíaco que he escrito, esta es una novela de intriga que indaga, en especial, en las relaciones de pareja. Incluyo en la trama algunos hechos de actualidad.
Tiene la particularidad de que está narrada por los personajes principales. Es una novela corta, poco más de 300 páginas en papel, escrita con claridad y ganas de entretener. Está ambientada principalmente en Madrid, e incluye también escenarios de Lisboa, Stuttgart, Toledo y Luanco.
Está disponible en ebook, tapa blanda y tapa dura.
Podéis hallarla en este enlace mybook.to/Mybookunatazadete



martes, 25 de mayo de 2021

LA BODA en tapa dura

Ya puedes adquirir LA BODA en tres formatos diferentes: ebook, tapa blanda y tapa dura en este enlace

Opiniones de los lectores:

'Una novela ágil, dinámica, humana, muy bien escrita, con la pulcritud y la elegancia propias del autor, que mantiene en vilo desde el principio hasta el final.'

'Una obra muy recomendable en la que el autor ha puesto cariño y talento.'

'Se trata de una novela de parámetros aparentemente costumbristas que sin embargo, sorprende y engancha por su trama de intriga perfectamente hilvanada.'

'Estilo diáfano, ligero, sin artificios. Clásico asesinato con diversos sospechosos bien resuelto.'



sábado, 8 de mayo de 2021

Sexta planta en tapa dura

Para los amantes de los libros en papel y de tapa dura, ya podéis disfrutar de la lectura de mi novela 'Sexta planta'.
Disponible en este enlace de Amazon. https://www.amazon.es/dp/B094CT7H5X
Ahora podéis elegir entra ebook, tapa blanda y tapa dura. 

Algunas opiniones de los lectores:
'Manuel Navarro es un maestro en convertir lo cotidiano, lo familiar, el entorno urbano, estudiantil y provinciano, que conoce bien, en el escenario para un crimen aparentemente perfecto'.

'Narrada de forma fluida con una prosa que no atiende a efectismos, sino a exponer los hechos con la sencillez y limpieza que caracterizan al autor.'

'La estructura es perfecta, la narración fluida y mantiene el interés de principio a fin.'

'Las novelas de Manuel Navarro son ágiles, directas y se leen de un tirón.'



miércoles, 30 de diciembre de 2020

Metro

 


Hoy he decidido visitar a mi amigo Carlos. Mi amigo es viudo y desde que lo dejó su mujer está metido en sí mismo y no sale nunca de casa. Ni siquiera para comprar el pan, que le lleva la chica que va a ayudarlo con la limpieza tres veces por semana. El otro día lo llamé por teléfono y le propuse quedar para dar una vuelta y tomar un café. Me dijo que no. Intenté convencerlo, pero fue inútil.

Al día siguiente salí de mi casa después de desayunar, compré el periódico en el quiosco de enfrente y me encaminé hacia la boca del metro. Había mucha gente esperando en el andén. Entré y observé que todos los asientos estaban ocupados. Era la hora punta. Hora de ir al trabajo o a la universidad. Me agarré a una de las barras metálicas verticales. Al llegar a la siguiente estación, varios pasajeros se disponían a bajar, mientras otros entraban empujando. Me arrinconaron contra la puerta de enfrente. Hacía calor y el olor era una mezcla de sudor y agua de colonia barata. Apenas podía respirar. Una mujer con sobrepeso intentó agarrarse a uno de los asideros para mantenerse en equilibrio. Estaba muy cerca de mí, cuerpo contra cuerpo. Percibí su olor corporal. Un olor agradable a gel de baño. Ambos miramos hacia otro lado. Seguro que se habrá duchado antes de salir de casa, pensé. La imaginé desnuda, secándose el cuerpo con una toalla grande y me excité. El tren acometió una curva y ella se precipitó contra mi cuerpo sin poder evitarlo. Puse mis manos para sujetarla. La miré, me miró y, a modo de disculpa, emitió una sonrisa. Le devolví la sonrisa y le dije que no era nada. Se enderezó haciendo un esfuerzo con el brazo derecho cuya mano se sujetaba a la barra. Poco después me dijo adiós con un movimiento de cabeza y se abrió paso por entre la gente para acercarse a la puerta de salida.

En eso, el periódico se me cayó al suelo. Lo llevaba bajo el brazo. No pude agacharme a recogerlo. Pensé que lo recuperaría cuando llegara a la estación de Sol y tuviera que apearme para hacer trasbordo.

Mi amigo vive en la plaza de Castilla.

Conseguí abrirme paso a empujones. Salí del vagón, inspiré profundamente, eché el aire por la boca, recompuse mi ropa, me pasé la mano por el pelo y me pregunté adónde iría la mujer con sobrepeso. Era muy guapa, por cierto. Comprobé con la mano que llevaba el billetero en el bolsillo de atrás del pantalón. La gente caminaba muy deprisa. Esperé un poco en el andén y al fin miré el mapa de la pared con objeto de saber qué dirección había de tomar.

Era la primera vez que iba a casa de mi amigo.

Éramos compañeros de trabajo. Los dos estamos jubilados. La pantalla pequeña del techo anuncia que el próximo tren llegará en dos minutos. Había menos gente que antes esperando. Me di cuenta de que no había conseguido recuperar el periódico. Se me olvidó. Me dije que no importaba, que cuando saliera a la calle buscaría un quiosco y compraría otro, o quizá lo compraría a la vuelta. Saqué el móvil y miré los mensajes. Tenía varios mensajes nuevos de ese día, pero el tren se acercaba a mi estación. Los leeré más tarde, pensé.

El tren acababa de llegar y se detuvo. Entré en un vagón que no iba lleno. Había un asiento libre y me di prisa para ocuparlo, pero una joven se me adelantó. Llevaba el móvil en la mano e iba manteniendo una conversación a través de los auriculares y el micro. La observé. Sonrió al darse cuenta de que me había quitado el sitio libre. Debía de tener unos diecisiete o dieciocho años. Era muy guapa y vestía ropa informal. El pelo largo, llevaba unos vaqueros ajustados y una blusa de color burdeos, sin abrochar los botones de arriba. Y una carpeta que colocó en su regazo. Siguió hablando por el móvil y me clavó los ojos con descaro como diciendo que por qué seguía mirándola. Aparté la vista y busqué un hueco en la barra donde agarrarme. Consulté mi reloj. Llegué a mi estación y me coloqué junto a las puertas. Salí del vagón. Leí en qué dirección estaba la salida. En la calle dirigí mis pasos hacia la casa de mi amigo.

Vive en un edificio de nueve plantas. Un bloque de ladrillo visto. Nunca antes había estado en su casa.

Pulsé el botón del cuarto D en el interfono. Mi amigo preguntó quién era. Me identifiqué y sin decir nada, me abrió. Subí en el ascensor. Él me esperaba con la puerta abierta en el descansillo. Me hizo pasar y me llevó hasta el salón. No tenía buen aspecto. Lo encontré delgado y pálido, muy pálido, como si hubiera dejado de comer, y llevaba barba de varios días.

—Siéntate —me dijo después de estrecharnos la mano—. ¿Quieres tomar algo? Tengo café recién hecho.

—En ese caso, tomaré un café con leche. Gracias.

Mi amigo fue a la cocina y unos minutos después regresó con una bandeja y dos tazas de café con leche. Colocó la bandeja en la mesa de centro y se sentó a mi lado. Mientras nos tomábamos el café nos mantuvimos en silencio. Dejé la taza vacía en la bandeja, lo miré y le pregunté:

—¿Por qué no quieres salir?

Pensó durante unos minutos la respuesta antes de decir que no le apetecía ver a nadie.

—Hombre, hace seis meses que murió Rosa. Ya va siendo hora de que pises la calle y rehagas tu vida.

Dijo que no con la cabeza. Me miró y se le humedecieron los ojos.

—Es muy duro quedarse solo. Yo la quería, la quería mucho y no puedo acostumbrarme a su falta. Era la mujer de mi vida, no hubo ninguna otra —dijo con la mirada en el suelo.

—Aun así, tienes que intentar superarlo. Debes salir, hacer algo de ejercicio. Relacionarte con la gente. Asumir su pérdida. Intentar llevar una vida normal.

—Lo sé, pero no estoy preparado aún.

—Sé que no te gusta hablar de ello, pero a lo mejor te vendría bien contarme cómo ocurrió.

—Volvían de Segovia. Llovía a cántaros. El coche se salió de la carretera y dio varias vueltas de campana. Tuvieron que acudir los bomberos a sacarlos de allí. La ambulancia los llevó al hospital. Llegaron con vida, pero los médicos no pudieron hacer nada. Al parecer habían ido a visitar a un cliente. La autopsia reveló un alto nivel de alcohol en la sangre de Luis, que era quien conducía.

—¿Luis?

—Un compañero de trabajo de Rosa. Me hablaba de él muy a menudo. Lo elogiaba a todas horas. Yo la escuchaba atento intentando averiguar si había algo entre ellos. —Mi amigo hizo una pausa breve y después continuó—: Pienso que no fui el marido ideal, el marido que ella hubiera deseado que fuese. Pero aun así…

—Tal vez solo sean elucubraciones tuyas. Rosa te quería.

—Puede ser. Pero la idea de que me engañaba con ese compañero suyo no puedo quitármela de la cabeza. Este pensamiento me hace sufrir, me oprime el cerebro, me amarga la vida… ¿Quieres otro café?

Consulté mi reloj y le dije que no, tenía que marcharme.

Él se levantó y me acompañó hasta la puerta.

—La próxima vez tenemos que quedar para salir a tomar unas cañas. ¿De acuerdo?

—Está bien. Nos llamamos.

—Cuídate.

Me dijo adiós con la mano y cerró con llave tras de sí.

Bajé las escaleras andando. Salí a la calle y me dirigí a la boca del metro.

Mi amigo siempre fue muy raro.

Lo volví a telefonear unos meses después de aquella visita a su casa. Tras insistir, conseguí que dijera sí. Quedamos en vernos a mediodía para dar un paseo por el parque del Retiro y tomar una cerveza en una terraza de la zona. Cogí el metro hasta Menéndez Pelayo y me dirigí a la puerta de entrada al parque de la calle Ibiza. Mi amigo no llegaba, así que lo llamé por teléfono al móvil y no contestó. Insistí pero fue inútil. Al fin llamé a su casa.

—¡Diga! —contestó una voz de mujer con acento sudamericano.

—Hola, deseo hablar con Carlos.

—Don Carlos ha salido hace más de una hora. Me dijo que tenía una cita.

—¿Una cita?

—Sí, había quedado con un amigo en el parque del Retiro.

—Está bien, gracias.

—¿Quiere que le deje un mensaje?

—No, no es necesario.

Esperé un poco más junto a la puerta metálica de entrada al parque y al fin decidí regresar a casa.

En el andén, mientras esperaba la llegada del metro, dijeron por megafonía que la línea 1 estaba cortada. Pregunté a varios pasajeros si sabían por qué. Uno de ellos dijo que había habido un accidente. Al parecer un hombre se ha tirado a las vías cuando llegaba el metro a la estación de la plaza de Castilla.

Madrid, 30.12.2020

© Manuel Navarro Seva


jueves, 24 de diciembre de 2020

Feliz Navidad 2020

2020 no ha sido un buen año. Esta Navidad es bien diferente. La celebramos con recelo y si nos reunimos a cenar o a comer en casa procuramos mantener la distancia de seguridad, las ventanas medio abiertas para ventilar el salón, no nos besamos ni nos abrazamos, usamos la mascarilla y algunos de nosotros ni siquiera nos atrevemos a juntarnos con nuestros seres queridos. Es triste, pero habrá otras navidades y esas quiero disfrutarlas a tope. Pese a ello 



lunes, 8 de junio de 2020

'Sexta planta'. Una magnífica reseña de Cristina Suárez


Crimen, misterio y corrupción
Sofía Vega es una estudiante de farmacia que aparece medio desnuda y con un golpe bastante fuerte en la cabeza. Fue agredida en el Parque del Oeste de Madrid y cuando se despierta no recuerda absolutamente nada. Pocos días después aparece otra chica, Irene Soto, también universitaria, en las mismas circunstancias que Sofía, aunque esta vez en el Parque del Retiro. Algo más tienen en común, ambas estaban corriendo cuando fueron atacadas.
Todo es un misterio para el inspector Pardo y y la subinspectora López. Ellos son los encargados de resolver el caso de Sofía y cuando Irene aparece muerta, empiezan a sospechar que se podría tratar de un asesino en serie. Pero las cosas se van complicando todavía más cuando descubren en el entorno de Sofía algunos secretos que mejor que no vean la luz, así que el número de sospechosos va creciendo y la intriga se hace cada vez mayor, hasta llegar a un final que no todos esperan.
Es un thriller policíaco que Manuel Navarro ha sabido hilvanar muy bien hasta el final. Como siempre con una prosa muy cuidada, muy clara, con notas a pie de página para que sepamos más de ciertos lugares que aparecen en el libro, con diálogos entremezclados entre la narración, con momentos inquietantes en muchas ocasiones y con una trama llena de matices que toca muchos temas, tanto los propios de este tipo de novelas como incluso corrupciones políticas, extorsión, secretos de familia e incluso violencia de género. Me ha gustado cómo el autor ha sabido unir todo eso en su libro y el resultado ha sido realmente bueno. Consigue mantener en todo momento la atención del lector e incluso sorprende, algo para mí muy importante en novelas de corte policíaco.
También me ha parecido muy interesante el entorno en el que se mueven los protagonistas, los lugares típicos de Madrid, las zonas por donde suelen estar los Universitarios, los Colegios Mayores,… Seguro que más de un joven que lea la novela se va a sentir identificado. Como siempre, es un placer leer a Manuel, así que muchas gracias al autor por su nuevo libro. Ahora a esperar el siguiente.

lunes, 25 de mayo de 2020

Sexta planta


Mi nueva novela de suspense policíaco acaba de ver la luz tanto en digital como en formato impreso.

Es candidata al Premio Literario 2020 de Amazon .

Este es el enlace de Amazon para aquellos que deseen comprarla.

Esta es la sinopsis que aparece en la contraportada:

Sofía Vega, una estudiante universitaria, aparece medio desnuda y con un fuerte golpe en la cabeza en el parque del Oeste de Madrid. Días después Irene Soto, otra estudiante universitaria, es agredida en el parque del Retiro. Ambos casos guardan ciertas similitudes, lo que hace pensar a la policía que se trata de un asesino en serie.  
El inspector Pardo y su ayudante, la subinspectora López, a lo largo de la investigación policial, irán descubriendo los secretos que se ocultan en el entorno de Sofía Vega.
La historia se sitúa en Madrid y Buitrago de Lozoya, en el mes de octubre de 2018.
Un thriller policíaco con una trama bien tejida, un final inesperado y una prosa nítida y cuidada.
Corrupción política, crimen y secretos familiares son los ejes de esta obra de suspense policíaco.
 

domingo, 3 de mayo de 2020

Desescalada



Un día del mes de febrero, cuando el coronavirus era un virus lejano, fui al chino a comprar algo que necesitaba con urgencia —no recuerdo si fue una pila para el reloj, un paquete de folios o un carrete de hilo—. Le pregunté a Juan cómo estaba su familia en China. Me dijo que «todos bien». Sin embargo, las cifras de muertos y contagiados en Wuhan eran alarmantes. Yo pensaba que quizá los chinos tenían algo especial en sus genes, y por eso el virus se cebaba en sus compatriotas. Pero estaba equivocado.
Hoy, por primera vez tras casi cincuenta días de confinamiento, he salido con Juana y Manu a dar un paseo con mascarilla por los alrededores de casa. Hace un día precioso, de verano, y ha sido una experiencia tan deseada que hemos disfrutado cada minuto, cada paso. Todo está verde, la hierba muy alta y no había mucha gente.
Algunos negocios han empezado a funcionar. Juan aún no ha abierto su tienda después de marcharse de vacaciones antes del decreto de alarma, y eso no es una buena señal.

Madrid, 2 de mayo de 2020
© Manuel Navarro Seva

lunes, 27 de abril de 2020

Cuadragésimo segundo día de confinamiento

Foto del blog verdecora

A media mañana el sol entraba a través de la ventada del cuarto donde trabajo. Me asomé para que sus rayos acariciaran un rato la piel de mi rostro, del color del invierno, respiré un poco de aire fresco, observé el ligero temblor de las hojas de los arces y, antes de volver al trabajo, advertí que un vecino estaba de pie junto a uno de los rosales en flor. Me pareció que el hombre estaba hablando con las rosas. Creo que hablarles a las plantas estimula su crecimiento, pero yo, de momento, me limito a admirarlas desde mi ventana, aún no he llegado a esa fase de comunicación con ellas. Quizá cuando acabe el confinamiento baje al jardín y les diga algo.   

Madrid, 25 de abril de 2020
© del texto Manuel Navarro Seva

lunes, 20 de abril de 2020

Resiliencia

Foto de Olearys


Ayer mañana, cuando estaba ayudando a Manu a entrar en la ducha, me ha dicho que lleva nueve días con nosotros. Le he preguntado cuántos ha estado con su hermana y me ha dicho que catorce. Y yo, que dónde está mejor, si en su residencia o con nosotros; y él me ha contestado que en los dos sitios. Siempre responde así. Pero yo intuyo que tiene ganas de volver a su casa. Ayer tarde quiso hablar con Camuñas. Llamó a la centralita y consiguió hablar con él. Su compañero de habitación le preguntó que cuándo iba a volver y él le dijo que cuando acabara el coronavirus. Al terminar de hablar con él, me pasó con la cuidadora del turno de tarde. Ha habido cuatro usuarios enfermos pero ya están bien, y varios cuidadores han estado o están de baja. Los bomberos han desinfectado la residencia.
Manu sigue una rutina perfecta: música, tablet, televisión, baraja de cartas, dominó, aperitivo, comidas. Aplausos en el balcón a las ocho de la tarde, más televisión y a las doce en punto a la cama. Me gustaría tener su capacidad de adaptación.  

Madrid, 19 de abril de 2020
© del texto Manuel Navarro Seva

viernes, 17 de abril de 2020

Papel higiénico


He de confesar que me daba miedo pisar la calle, cruzar y entrar en el supermercado. No sé cuánto tiempo hacía que no iba a comprar. Tal vez dos semanas. En casa hemos estado tirando de despensa y de las compras online. Pero había una lista de artículos de primera necesidad que se habían agotado. Así que me puse la mascarilla y los zapatos de salir a la calle. Guantes no llevaba porque sabía que los daban en el supermercado. Los guantes que dan ahora en el supermercado son como unas bolsas pequeñas sin dedos que tienen la silueta de un guante pintada en una de las caras. Son incómodas porque se desprenden de las manos.

Había clientes esperando en la puerta separados dos metros entre sí para evitar aglomeraciones. Y dentro está todo organizado, pero hay que comprar deprisa, sin hablar con nadie, sin saludar a nadie, sin entretenerse a pensar si falta esto o aquello en la lista, sin comparar precios. Yo, como la mayoría, fui a los estantes a coger productos frescos envasados en lugar de esperar en los puestos de la carne o de la charcutería. Seguí un camino lógico que llevaba grabado en la memoria para no tener que retroceder, pero fue inútil. Empecé cogiendo papel higiénico, papel de cocina, film de corte fácil, palillos para el aperitivo, y después latas de mejillones, patatas fritas chips, aceitunas rellenas, Fairy, lejía, leche, queso, chorizo, salchichón, huevos, carne, café, aceite y, al final, cuatro barras de pan.

Al llegar a casa, dejé los zapatos detrás de la puerta y me puse las pantuflas. Me lavé bien las manos con jabón. Me quité la mascarilla y el jersey lo eché a lavar, saqué la compra del carro y la coloqué sobre la mesa de la cocina para que Juana la desinfectara con un trapo húmedo. Cuando terminó de desinfectar me dijo que faltaban los yogures, el papel de aluminio, y no sé qué más. Le dije que lo compraría la próxima vez, pero pensé que tardaré en volver a jugar a la ruleta rusa.    

Madrid, 16 de abril de 2020
© Manuel Navarro Seva

domingo, 12 de abril de 2020

Residencias

M-40 Foto de Carmen Molina

Nos telefonearon de la residencia para decirnos que había cuatro usuarios que tenían fiebre, y que, aunque estaban aislados, si lo deseábamos podíamos llevarnos a Manu a casa. Le pregunté a quien llamó si les habían hecho el test del coronavirus y me contestó que no. Luego te llamo, le dije. Juana y yo lo comentamos con nuestras hijas. Y Marta se ofreció a llevárselo a su casa para mantenerlo confinado en una habitación, por si acaso, y evitar así que nosotros nos pudiéramos contagiar. Fue una decisión difícil de tomar. Finalmente, pedí una carta a la residencia por si nos paraba la Guardia Civil y Marta fue a recoger a Manu y lo ha tenido quince días aislado en una habitación de su casa.
Ayer viernes acabó la cuarentena de Manu y a media tarde fui en el coche a recogerlo para traerlo a mi casa. Las calles estaban vacías como si la gente hubiera desaparecido del mapa, como si un terremoto o una guerra hubiera desolado el país. Pero los edificios permanecían intactos, las carreteras lucían como nuevas y el aire estaba limpio. Una ambulancia pasó con las luces parpadeantes y las sirenas a tope. Yo iba pensando en lo cómodo que es conducir sin tráfico y, sin embargo, me daba miedo ver la carretera tan desierta. De súbito los carriles de la autovía de circunvalación se redujeron a uno y un agente de la Guardia Civil me hizo señales con la mano para que saliera a un lateral y me detuviera junto a una rotonda. Un guardia me preguntó adónde me dirigía. Menos mal que yo iba pertrechado con varios documentos que justificaban mi desplazamiento. El agente me dijo que pusiera los papeles en el salpicadero, los miró con la mascarilla puesta y sin pestañear. Poco después me indicó que podía continuar y yo le di las gracias.    
Madrid, 11 de abril de 2020
© del texto Manuel Navarro Seva

viernes, 10 de abril de 2020

Asintomáticos


Esta mañana, después de levantarnos, subí la persiana de la habitación y se descolgó. Me quedé un rato sin palabras. Después me dije: «Quizá empleé mucha energía al tirar de la cinta».
Me fui a desayunar a la cocina pensando en por qué se había roto. La cinta no parecía ser el problema, quizá fuera el soporte del tambor, el propio tambor o alguna lama rota. El caso es que mientras me bebía el café estuve pensando dónde podía acudir para pedir ayuda. Se lo comenté a Juana, y ella dijo que creía que reparar una persiana no era un trabajo esencial. No obstante, ante la duda, me fui a buscar la solución en internet.
Encontré varios sitios donde arreglan persianas y llamé a un teléfono. Me contestó una voz ronca de fumador que podían mandar a un técnico. Le di las gracias y le dije que lo llamaría más tarde. Pero luego pensé: «¿Y si mandan a un técnico asintomático?». Juana y yo, después de un intercambio de impresiones, decidimos intentar repararla por nuestros medios. Así que saqué la caja de herramientas, arrimé la escalera y entre los dos abrimos el cajetín. El tambor se había salido de la guía. Lo hemos recolocado y hasta ahora funciona bien. Las manos se nos han puesto negras como el carbón. Las hemos lavado con agua y jabón durante un rato, y después nos hemos tomado otro café con leche en la cocina.     

Madrid, 10 de abril de 2020
© Manuel Navarro Seva

domingo, 5 de abril de 2020

Abuelos



Esta mañana he oído en la radio la lectura de una carta escrita por una enfermera de la UCI.  Al final de un día de trabajo, la escribió desolada por la muerte de un paciente que había entrado en coma en la unidad de cuidados intensivos que ella atendía. El hijo, que esperaba fuera, lo vio morir sin poder decirle nada, sin poder abrazarlo, sin poder consolarlo. Y la enfermera no solo sufría por la muerte de su paciente, sino también por el dolor que mostraba el hijo de su paciente. Lo reconozco, he estado llorando un rato.
Qué difícil debe de ser realizar un trabajo como el de enfermera de UCI, en el que no se puede salvar de la muerte a todos los enfermos a tu cargo. Qué difícil es acostumbrarse a que cada día nos den la cifra de muertos y de infectados. Qué difícil es vivir estos días de mierda. Saldremos adelante, claro que sí, pero ya nada será igual. Muchas familias habrán perdido a algún ser querido. Y muchos abuelos habrán muerto sin el consuelo de sus familias.     

Madrid, 5 de abril de 2020
© Manuel Navarro Seva

sábado, 4 de abril de 2020

Mascarillas



Nos quedan dos mascarillas de las que trajimos de Japón en diciembre del 2017. Allí mucha gente las llevaba puestas por la calle con objeto de no contagiar a los demás. Se supone que tenían la gripe o un simple catarro. En estos días de confinamiento he dedicado un rato a mirar las fotos de aquel viaje. Fue un viaje asombroso. Qué gente tan considerada. Qué cultura tan distinta a la nuestra. Qué paisajes. Qué templos. Qué trenes…
Ayer me puse una de las mascarillas japonesas para bajar la basura al contenedor del sótano. Abrí la puerta y pulsé el botón del ascensor con un poco de aprensión. Metí las bolsas en los cubos y regresé. Le di al bajo y salí a ver cómo estaba todo. Me hubiera gustado encontrarme con alguien, charlar un poco a través de la distancia social, pero no había ni un alma. Volví a casa y me lavé las manos con jabón durante un buen rato. A las ocho de la tarde salí al balcón a aplaudir y saludé con la mano a la gente del bloque de enfrente.

Madrid, 3 de abril de 2020
© Manuel Navarro Seva

jueves, 2 de abril de 2020

Testamento ológrafo


El pasado domingo, al despertar me quedé en la cama y encendí la radio. En el programa A vivir que son dos días Juanjo Millás y Javier del Pino hablaban sobre testamentos. Al oír esa palabra sentí un escalofrío. Pero no apagué la radio, pensé que todos tenemos que morir, sea por el coronavirus o por cualquier otra causa. Conectaron con una notaria que habló del testamento ológrafo que es aquel que el testador formaliza por sí mismo, escribiéndolo y firmándolo de su puño y letra sin intervención de testigo alguno.
Juana y yo disponemos de un testamento estándar que hicimos hace mucho, pero me gustaría modificarlo con el fin de incluir una repartición de bienes entre nuestros hijos. Creo que eso evitaría discusiones entre ellos. Me levanté de la cama con esa idea, y después de desayunar pensé ponerme manos a la obra, pero me llamó por teléfono un amigo que vive solo y tiene ochenta y ocho años. Estuvimos hablando un buen rato del coronavirus. Me dijo que no pisa la calle. Que no te lleven a una residencia, le dije yo. Después de colgar me puse a caminar por el pasillo e hice mis ejercicios de estiramiento. Cuando acabé, me serví unas patatas fritas y un vino tinto, me senté en la terraza a tomar el sol. Más tarde puse la tele y estaban hablando de las cifras de infectados y de muertos. Cuando me di cuenta, era la hora de comer.

Madrid, 29 de marzo de 2020
© Manuel Navarro Seva

sábado, 28 de marzo de 2020

Hidroalcohólico


Yo estaba leyendo cuando sonó el teléfono. Dejé el libro boca abajo sobre la mesa y descolgué. «Hola, Manuel, ¿cómo está?». Era la farmacéutica. Me sigue llamando de usted pese a las veces que le he dicho que me tutee. La conozco desde hace siglos. Es una mujer fascinante. Como vivo solo, voy a visitarla con frecuencia. Si veo que no hay gente en la botica entro y le pido una cajita de juanolas, de las pequeñas, de color rojo, y mantenemos una conversación sobre cualquier cosa, incluso sobre el tiempo. En casa debo de tener más de cincuenta cajitas de Juanola sin empezar, pero ella nunca me pregunta por qué tomo tantas. Cada vez que voy le digo que son para suavizar la garganta. Ayer hablamos de los nietos, de mis nietos, ella aún no tiene ninguno. Le dije que hacía quince días que no los veía ni los besaba. «Esto se nos va a hacer muy duro, don Manuel». Qué razón tiene. Merche es una mujer muy afable. Me encanta hablar con ella, ese ratito me levanta el ánimo. Ahora debo espaciar las visitas. El caso es que me llamó para decirme que ya había recibido el gel hidroalcohólico que le había pedido.          


Madrid, 28 de marzo de 2020
© Manuel Navarro Seva

viernes, 27 de marzo de 2020

Un día de confinamiento

Foto de David Aprea (Diario Vasco)

Al levantarme esta mañana me dolía todo el cuerpo. No había conseguido dormir bien. Yo achaqué mi dolor de cuerpo a no haber dormido bien, pero mi esposa me dijo que me pusiera el termómetro por si había pillado el coronavirus. Le dije que no era el coronavirus. No tenía ninguno de los síntomas o quizá sí porque, en realidad, me dolía la cabeza. Se lo dije y me obligó a tomarme un Paracetamol y a ponerme el termómetro. Para no discutir con ella me lo puse y tenía 36,6 y ella me dijo, lo ves, tienes fiebre porque estos termómetros digitales miden de menos. Entonces noté que tenía la nariz un poco congestionada, me la limpié con un pañuelo desechable y me fui a la cocina, abrí el frigorífico y comprobé que mi olfato seguía intacto. Se lo dije a ella, y me preguntó si tenía tos. Me aclaré la garganta antes de contestarle que no. Lo ves, te pica la garganta, me dijo. Que no, le dije yo. Me senté en mi butaca y me tapé las piernas con una mantita, pues las ventanas estaban abiertas para ventilar la casa y ella, al verme con la mantita, me preguntó si tenía frío. Le dije: sí, pero no estoy malo.
A mediodía no me ha dejado que ponga la mesa y ha abierto una lata de  mejillones y los ha servido en dos platillos, uno para ella y otro para mí. Después hemos comido en la misma mesa pero separados una distancia reglamentaria. Yo, de verdad, me encuentro bien, pero no quiero llevarle la contraria.

Madrid, 26 de marzo de 2020
© Manuel Navarro Seva