sábado, 28 de noviembre de 2009

Papel

     Retirado. Pueden encontralo en Cosas que nunca confesé a nadie.

8 comentarios:

Janet dijo...

Boris, una historia tremenda. Dice tanto en tan pocas líneas. El padre y el hijo no tocan el “tema” y sin embargo, por debajo de esa conversación trivial se perciben los verdaderos sentimientos. Muchas veces nos quedamos en la nata de las cosas para evitar el dolor.
Un saludo,
Janet

Boris Rudeiko dijo...

Janet, muchas gracias por tu comentario que resume muy bien la historia de estos personajes.
Un saludo,
Boris.

Danny dijo...

Al leer este relato sentí que ambos personajes eran conscientes de su conexión, la cual no fue abiertamente revelada, pues bastaba el lenguaje secreto bajo las palabras triviales para ponerlo todo de manifiesto.

Me ha encantado el blog. Saludos.

Boris Rudeiko dijo...

Danny, muchas gracias por leer y dejar tu comentario.
Saludos,

Turkesa dijo...

Hola Boris: antes que nada, espero que hayas tenido un buen comienzo de año. Vayan mis buenos deseos para vos y tus seres queridos.

Mirá, es la cuarta o quinta vez que entro, leo este cuento, me quedo con la boca abierta, como casi me pasa con todos tus relatos, y ... en este caso realmente, no sabía qué decir. Y esas veces han sido varias desde que lo colgaste.

El encuentro del hijo con el padre me deja un sentimiento de frustración enorme, de desperdicio de oportunidad para el amor, pero excusable, debido a que -como me sucede como en muchos de tus textos- un poderoso motivo no revelado sobrevuela a los personajes, limitando su vínculo a lo que se cuenta, únicamente.

El final, me desconcierta un poco bastante te diría, pero... humm... es como que ese llamado cotidiano, doméstico de la hija le devuelve al protagonista una realidad dulce, de la que él mismo se ha visto privado.

Acertado o no (casi nunca acierto contigo), te felicito nuevamente por la sencillez conque te arreglas para mostrar lo extraordinario desde lo ordinario, lo común.

Besos.

Boris Rudeiko dijo...

Turkesa,
Qué alegría me da tu vuelta a mi blog y tu comentario, después de tanto tiempo.
También yo espero que hayas tenido unas felices fiestas y te deseo lo mejor para ti y los tuyos en este nuevo año de ilusiones.
Sí, creo que has acertado, ese final devuelve a nuestro protagonista a la realidad cotidiana.
En cuanto al encuentro con el padre, una pena haber dejado pasar la oportunidad. Así somos a veces los humanos de torpes y orgullosos, ¿no crees?.
En fin, repito, es un placer leer tus comentarios.
Besos,
Boris.

Esther dijo...

El viejo acumulando papel para tener palabras que pegar y no olvidarlas… No pude menos que recordar a Macondo, cuando cayó en la enfermedad del olvido, y sus habitantes escribían cartelitos para cada cosa, y así saber —por lo menos hasta que olvidaran el significado de las letras—, para qué servía cada cosa y cómo utilizarla. En el fondo, en ambas historias, subyace el mismo sentido: olvidar, la memoria traicionando hasta el punto de que lo único que une al individuo con la realidad es la cosa más abstracta posible: la palabra que describe esa realidad. La angustia de Boris dándose cuenta que ese padre que había dejado de lado era ahora un pobre hombre ya bordeando la senilidad, y que él lo había abandonado a su suerte. Quizás, también, dándose cuenta que ya nunca podría recuperar al padre que dejó en algún vericueto de la vida.

¿El último párrafo? Impresionante. Sencilla y simplemente impresionante.

Un abrazo,
Esther

Boris Rudeiko dijo...

Yo creo que esta es la historia de muchos padres y muchos hijos, mirada desde una perspectiva pesimista, claro, pero tan real que nos duele que sea así. El final refleja o intenta reflejar ese sentimiento de culpabilidad que sentimos a veces porque pensamos que nos desentendimos de nuestros mayores. Y la verdad es que no siempre es así.
Gracias Esther por dejar aquí tu valiosa opinión.
Besos,
Boris.