Elena siempre leía en el metro. Le gustaba leer. Además, no quería encontrarse los ojos de los hombres clavados en su cuerpo. Tenía la obsesión de que sus pechos eran demasiado grandes. Durante un tiempo pensó en reducírselos. Tuvo esa manía, pero no se los operó.
Esa mañana llevaba una gabardina beis, sobre un jersey de lana rojo y unos pantalones vaqueros. La gente que iba de pie se agarraba a la barra del techo o a las verticales. Frente a ella iba sentado un hombre de mediana edad. Repeinado, vestía chaqueta de cuero negra y pantalón gris. Ella lo miró un instante. Pensó que era un hombre atractivo. Luego volvió a la lectura.
El hombre repeinado sostenía un maletín negro de piel sobre sus piernas. Dentro del maletín había una pistola, un bocadillo y un periódico deportivo.
Desde el fondo del vagón llegaba hasta Elena la melodía de un acordeón, envuelta por el ruido que producía el movimiento del metro. Era una melodía popular, aunque no conseguía recordar el nombre de la pieza. Dejó de leer, sin cerrar el libro, y pensó en aquel restaurante donde habían discutido por última vez. Hacía casi dos años, pero aún recordaba los momentos felices y los masajes que le procuraba Alberto cuando ella llegaba a casa con las piernas doloridas.
De súbito Elena y el hombre repeinado cruzaron sus miradas. La música del acordeón cesó y una voz solicitó la caridad de los viajeros. Ella sacó una moneda de su bolso y la dejó con suavidad en el cacillo que le arrimó el extranjero, que llevaba el acordeón colgado del hombro izquierdo. El hombre del acordeón, una vez guardó el dinero, descendió del furgón y entró en otro, cuando el tren se detuvo en una estación. Elena continuó con su lectura. El hombre repeinado la observó con atención.
Cuando lo dejó con Alberto, vivían en un apartamento del extrarradio. Compartían los gastos. Alberto tenía veintiocho años y ella dos años menos. Él era celoso, demasiado desconfiado. Así que, debido a los celos, las discusiones entre ambos eran cada vez más frecuentes. Una noche fueron a un restaurante a cenar y reconciliarse luego de dos días sin dirigirse la palabra. En la mesa de al lado un hombre, que cenaba solo, la miraba de vez en cuando. Alberto se levantó a decirle al hombre que dejara de mirar a su novia. Luego, volvió a sentarse a la mesa y dirigiéndose a ella, dijo:
—Vas demasiado pintada y ese escote… ¿No podías haberte puesto algo menos llamativo? —dijo—. ¡Es que te gusta ir provocando por ahí!
—No es eso, Alberto —replicó ella, con resignación.
Él se enfureció, discutieron, pidió la cuenta y se largó. Ella se quedó sentada a la mesa, como si le hubieran comunicado una desgracia. No pudo llorar hasta entrar en el apartamento. Se echó boca abajo en la cama y lloró desconsoladamente. Luego, cuando parecía haberse calmado, entró en el cuarto de baño, se lavó la cara y se miró al espejo. Tenía los ojos enrojecidos, hinchados, y la cara deformada. Tomó una decisión. Alberto regresó a los cuatro días. Le pidió perdón y le dijo que aquello no volvería a pasar nunca más, pero ella no le creyó. No pudo perdonarlo y le rogó que se llevara sus cosas.
El hombre repeinado abrió el maletín y sacó el periódico deportivo. Cerró el maletín y lo dejó en el suelo, entre su pierna izquierda y la pared metálica del vagón. Elena miró el maletín y continuó leyendo. El repeinado comenzó a hojear el periódico. Poco después ella cerró el libro, lo guardó en su bolso, se incorporó y se acercó a la puerta, abriéndose paso entre los pasajeros.
Llegó puntual a la farmacia, como siempre. Abrió las persianas metálicas y la puerta de la calle. Encendió la luz, entró en la rebotica y se quitó la gabardina beis. Se puso un guardapolvo blanco, que le ceñía los pechos. En una plaquita prendida arriba, sobre el bolsillo de la bata, se podía leer: «Elena. Licenciada en Farmacia». El título figuraba debajo del nombre. Le gustaba aquel trabajo, el olor de la farmacia, atender al público, pero pensaba que había tenido que estudiar demasiado para acabar vendiendo medicamentos.
El hombre repeinado había dejado el suburbano en la misma estación que Elena, que no lo había visto salir de la boca del metro. Él caminaba a una cierta distancia de ella, la seguía. El maletín se balanceaba en su mano. Después de tomar un café en un bar, se dirigió a la farmacia, pulsó el timbre y Elena abrió la puerta de la calle, presionando un botón situado debajo del mostrador.
—Buenos días, ¿qué desea?
—¿No me reconoce? —dijo él.
—Sí, usted venía en el metro, enfrente de mí.
—Hacemos el mismo trayecto a diario, a la misma hora, pero usted nunca reparó en mí. Hoy hemos estado tan cerca... Por cierto, tiene usted unos ojos preciosos.
Elena sonrió y su cara se enrojeció de pronto, luego de unos segundos, dijo:
—Muchas gracias. Es verdad, no lo había visto antes. Bien, y dígame, ¿qué quiere?
—Una caja de Aspirina. Me levanté hoy con un fuerte dolor de cabeza.
—¿Efervescente o normal? —preguntó Elena.
—Normal, normal.
Elena abrió un cajón, cogió una caja de aspirinas y preguntó:
—¿Desea alguna otra cosa?
—No, gracias. ¿Qué le debo?
Elena pasó la cajita por el lector, la metió en una bolsita de plástico y se la entregó al hombre repeinado. Le dijo el precio y esperó a que le pagara, las manos sobre el mostrador. En ese momento un nuevo cliente llamó al timbre de la puerta de la calle. Elena apretó el botón. La puerta se abrió y el cliente entró en la farmacia. El repeinado había extraído el monedero del bolsillo y pagó las aspirinas. Se despidió de Elena y ella le dio las gracias.
El hombre repeinado se dirigió a su joyería, a unas manzanas de la farmacia. Sacó la pistola y el bocadillo del maletín y los metió en un cajón. Abrió el periódico deportivo sobre la vitrina del mostrador y se dispuso a leerlo. En esto, entró un hombre. Era joven. Empuñaba un arma.
—¡Sal de ahí detrás y haz lo que yo te diga o te mato! —gritó el joven.
Al oír los disparos, acudieron varias personas a ver qué había sucedido. Cuando llegó la policía, el joven yacía en el suelo, rodeado de un charco de sangre. En su mano tenía aún un revólver de juguete.
Manuel Navarro Seva.
Madrid, 21 de enero de 2011
2 comentarios:
Boris, este cuento ha mejorado mucho con ese final. Le da más sentido al resto, pasaba a saludarte y me llamó la atención esta versión 2 de El Maletín.
Un abrazo,
Blanca
Blanca, tienes razón en que el final, aun siendo un final abierto, da sentido a la aparición de la pistola al principio del relato.
Gracias por pasar.
Un abrazo,
Boris.
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