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EL PAÍS del 12 de marzo de 2004 |
Los relojes se
pararon en Madrid cuando las bombas explosionaron en los trenes, pero los
teléfonos móviles continuaron sonando ajenos a lo que había ocurrido. La
angustia, la ira, la desesperación, el miedo, la impotencia, el dolor y la
incertidumbre despertaron a la población. El humo de las bombas se llevó proyectos
que no podrán realizarse. De súbito volvieron a caminar los relojes y la gente
salió a la calle y ofreció sus manos y su sangre. Su solidaridad. Los móviles
continuaron sonando, algunos inútilmente. Ambulancias, bomberos, fuerzas de
seguridad, personal sanitario, voluntarios, todos comenzaron a vivir un día
distinto a los demás. Un día de terror. Dentro de los trenes solo existía el
caos. Cadáveres, miembros humanos despegados de sus cuerpos, trozos de carne, sangre,
gritos. No, este no, este sí, decían los médicos y los cuerpos de los muertos
fueron quedando entre los hierros mientras los vivos iban siendo acarreados a
los hospitales improvisados cerca de las vías. Los móviles continuaban lanzando
sus melodías.
Un hombre
lloraba mientras sacaba en brazos a una mujer joven que tenía la cara
ensangrentada. Un cuerpo yacía inmóvil junto a las vías del tren. Los
hospitales recibían a cientos de heridos y los familiares acudían en busca de
sus hijos o hijas, de sus maridos o esposas, de sus padres o madres… Una
familia ecuatoriana visitaba los hospitales en busca de una cuñada
desaparecida. Algunos extranjeros no se atrevían ni a preguntar por falta de
papeles. Pronto el pabellón número 6 de IFEMA empezó a llenarse de cuerpos.
Los que
dejaron las mochilas llenas de explosivos desaparecieron. Algunos fueron a la
cárcel. Seguramente estuvieron celebrando su extraño y macabro éxito pero acaso
se lamentaron de que algunas de las bombas no hubieran estallado en la estación. «Qué pena,
habría sido la hostia», se dirían.
Un hombre de
48 años venía de Alcalá. Pensaba en la victoria del Madrid y llevaba en su mano
un periódico doblado. En una bolsa, la tartera con la comida. Era albañil. Una
mujer de 19 años portaba una carpeta donde guardaba los apuntes de clase y
charlaba con su compañera. Iban a la universidad. Un hombre de 55 años se había
prejubilado hacía dos meses. Iba sentado leyendo un libro. Desde Coslada se
dirigía a Atocha. Otro hombre de
38,
a Nuevos Ministerios, donde trabajaba en un banco. Casado,
y un hijo de 5 años. Una mujer de 42 había tomado el tren en Vicálvaro. Se
dirigía a Atocha para tomar el metro hasta Goya. Cuidaba a una anciana de 85.
Una mujer de 20 se dirigía al Gregorio Marañón. Era estudiante de Enfermería. Y
sus móviles no pudieron ser descolgados. Sus cuerpos fueron conducidos al
pabellón número 6.
Sus familias
esperaron a que les entregaran sus restos para enterrarlos. Cuántas cosas
habrían debido hacer y no hicieron. En un momento dado, se dieron cuenta de que
no se habían besado. Ni siquiera se habían dicho adiós. Solo quedaban las
fotografías, sus camas vacías, sus ropas colgadas en los armarios y un dolor,
un gran dolor, que a veces les impedía respirar.
5 comentarios:
Qué tristeza, Manuel. Pero es necesario recordarlo.
Desde luego, Mayte. He visto que tú también lo hiciste en tu blog. Lo viví muy de cerca, algunas bombas explotaron en la estación de cercanías de mi barrio, Santa Eugenia. Mi esposa y mis hijas pudieron haber estado en ese tren.
Un relato bien hecho. Es triste ver como el terror venció esta vez, la sociedad española quedó tocada y dividida y consiguieron dar un vuelco a las urnas del día 14 M. Además algunos terroristas(los mas tontos) fueron después al cielo, los mas listos estarán celebrando hoy que cumplieron su objetivo.
Patética es calificativo para expresar que se trata de buena literatura. Las catastrofes, los holocaustos dan buena literatura, he aquí una muestra.
Gracias por el recuerdo, Plásido
Gracias a ti, Plásido.
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