Cuando iba en autobús esta mañana a ver a un amigo al que han operado de la próstata, subió una señora gruesa que tenía cara de cerda, con perdón, y una barriga enorme de embarazada. Luego de superar a duras penas el pasillo repleto de gente, se colocó de pie en la plataforma central, pues no quedaban asientos libres. Me extrañó que no llevara mascarilla.
Los pasajeros que iban sentados fingían leer o miraban para otro lado. Yo hubiera hecho lo mismo, quizás, si la señora cerda no me hubiera visto observarla, tengo que reconocerlo. Me levanté, pues, e hice ademán de ofrecerle mi sitio. Ella, al notarlo, hizo un gesto con la mano, como diciendo que no hacía falta. Supuse enseguida, al advertir mejor sus proporciones, que no cabría en mi asiento y por eso dijo que no. Seguí leyendo
Balzac y la joven costurera china, satisfecho de haber intentado cumplir con un deber ciudadano, y de vez en cuando miraba a la cerda, con perdón, que seguía agarrada a la barra y sonreía con cara de buena persona, como suelen hacer los gordos.
De súbito estornudó, se sonó los mocos con gran estruendo y noté cómo se le movieron las carnes debajo de aquel vestido mesa camilla. Los pasajeros que no llevaban mascarilla puesta, se la colocaron a toda prisa. Yo también. Pese a ello, cada vez que estornudaba, lo que ocurrió repetidas veces, yo dejaba de respirar hasta que no podía más. Al fin, la cerda se apeó tres paradas antes de la mía y se oyó un suspiro general de alivio. La gente comenzó a discutir sobre si debería estar prohibido o no dejar viajar a los cerdos en los medios públicos de transporte, dadas las circunstancias. Algunos defendían con vehemencia que no, mientras otros sostenían lo contrario. Yo no estaba muy seguro de si sí o si no; el cuerpo me pedía que no, pero no dije nada, odio las discusiones en autobús, ya que normalmente no conducen a nada (las discusiones); además, estaba a punto de llegar a mi destino.
Ya en la calle, observé que había muchos cerdos paseando y que casi todos llevaban la mascarilla, como habían recomendado las autoridades sanitarias. Pensé que la situación era mucho más grave de lo que había declarado el Gobierno. De hecho, se decía en los medios que en algunos países estaban muriendo muchos cerdos. Así que cada vez que me cruzaba con alguno dejaba de respirar hasta que me alejaba un poco de él, por si acaso.
Llegué al hospital donde estaba ingresado mi amigo. Pregunté por su habitación y, además de indicarme el número, me recomendaron que llevara puesta la mascarilla en todo el edificio. Obedecí sin rechistar, claro, al fin y al cabo, pensé, era por mi salud.
Subí en ascensor hasta al quinto, busqué la quinientos treinta, cuya puerta estaba entreabierta, llamé con los nudillos y oí la voz de mi amigo.
—¡Pase!
—¡Hombre, Pedro, soy yo! ¿Qué tal va todo? —pregunté con un fuerte apretón de manos y le entregué un libro de Saramago que le había comprado. Dijo que le gustaba mucho Saramago y que no había leído el libro.
Pedro, sentado al borde de la cama, con uno de esos camisones de hospital que no cierran por detrás, veía la televisión; una sonda le asomaba por debajo y terminaba en una bolsa de plástico atada al tobillo. Estaba, además, conectado a un gotero que colgaba de una percha metálica con patas.
—Ya ves, bastante bien, dentro de lo que cabe. Me han dejado sin próstata, pero no han encontrado metástasis. Así que he tenido suerte —dijo, con una sonrisa resignada.
—Oye, eso hay que celebrarlo —respondí torpemente, pues no supe qué otra cosa decir…
En eso, salió del cuarto de baño de la habitación una mujer delgada, recién peinada y maquillada; olía a perfume. Pedro me la presentó como su esposa. Pensé que era atractiva y no representaba la edad que debía tener. Me acerqué a darle un beso, aunque los dos llevábamos la mascarilla, y ella emitió una especie de gruñido, como diciendo: “No te acerques, por favor, es mejor que no te acerques”. Se sentó en un rincón. Luego de un silencio incómodo, dije que tenía que marcharme, que las visitas a los enfermos no deben alargarse más de lo necesario. Mi amigo se incorporó, agarró la percha metálica y dijo:
—Vamos, te acompaño al ascensor.
Salimos de la habitación, él arrastrando la percha y yo con
Balzac y la joven costurera china en la mano, y no hablamos más de su operación. Ni de la gripe.
Manuel Navarro Seva
Madrid, mayo de 2009